Los hilos perdidos

En el bastidor de su memoria, una mujer ve cómo uno por uno se van cortando los hilos que la sostenían. Entonces borda junto a su hija, y en ese gesto la soledad no es tanta, aunque el tejido es al tiempo la herencia de una pérdida: derecho y envés de un silencio que crece como una casa desvencijada.

POR Juliana Muñoz Toro

Noviembre 18 2025
Bordado

Bordado (derecho y envés): Juliana Muñoz Toro / Fotografía: Julián Mora Oberlaender

LAS MANOS DE MI MADRE

 

Su piel tiene la forma de varias telas de araña sobrepuestas. Una red que se aferra a los huesos que insinúan su ramaje. Algunas venas resaltan, hechas con otro calibre de hilo, y las manchas hacen las veces de mosquitos atrapados. 

Las manos de mi madre guardan su memoria. 

Sus dedos, acostumbrados a los pinchazos, domesticaron a las agujas para que al atravesar el tejido cerraran la herida y la hicieran lenguaje. Ella me enseñó que la belleza del dolor estaba en cómo contaría luego la historia. 

El bordado es mi lengua madre. 

No sé con seguridad cuándo empezaron a esfumarse sus recuerdos. Al principio le di poca importancia a los pequeños olvidos que podía tener cualquier persona a sus setenta años: dónde había guardado sus joyas, de qué trataba el libro que leía, cuál era el título de la película que había visto la noche anterior. Luego dejó de llamar a la gente por su nombre por temor a equivocarse. En vez de eso mencionaba alguna característica: ya llegó la Muda, mándale saludos al Astrónomo, hace tiempo que no veo a Brinquitos. 

Llego a la residencia donde vive hace un año bajo supervisión de personal experto, por no decir: personas que sí le tienen paciencia. Ojalá haga sol todo el día, ¿verdad, mamá?, la saludo. Ella elude mi mirada; se queda quieta al borde de la ventana. No le gusta que le pongan música ni compartir con las demás habitantes en las áreas comunes; las llama “viejas pedorras”. 

Mira quién vino a visitarte, me anuncia la enfermera jefe, a la que llamo en secreto Medusa. Su pelo podría ser un tejido de lana de oveja gris sin cardar y sus ojos, como en el mito, son capaces de petrificar a los viejos antes del primer parpadeo.

Mi madre gira la cabeza. Ni siquiera me busca los ojos. ¿Sabes quién es?, insiste Medusa. Claro, es mi sobrina, contesta sin hesitar. 

Juré que me reconocía a su manera. Además, no tiene ninguna sobrina. 

La tomo de las manos y se activa al instante. Soy el hada azul que viene cada día, me presento; eres mi muñeca de madera. Hijita, responde. Me alivia.

Medusa nos deja solas para que dramaticemos el ritual cotidiano en el que mi madre me presenta su habitación como si fuese la primera vez que la visito.

Quiero mostrarte lo que hicieron con la ventana. ¿Ves? La enrejaron. Ni siquiera lo hice yo cuando tu hermana era una niña y quería escaparse los fines de semana. Debe ser por seguridad, mamá, es por tu bien, le digo, obviando el hecho de que esta no es su casa, aunque ella lo crea así. Es culpa tuya, se altera, ¿por qué dejaste entrar a esas viejas pedorras? No las necesito. Lo único que hacen es robarse mis agujas de oro. Las escondiste para que no te las robaran, pero no sabemos dónde. Que fueron ellas, te digo. 

Se levanta con fuerza y se dirige a la puerta. Intenta abrirla en la dirección equivocada. Con gentileza intento ayudarle y me aparta con el brazo. No soy una inválida, hija. 

Llegamos al comedor antes que las demás y esperamos a que traigan la horrenda colada de harina de plátano. Me reacomoda el talle de la blusa en los hombros y se queda un rato apretándome los brazos. ¿Estás comiendo bien?, me regaña. Alguna vez me pregunté si tenía ceguera y, por eso, la necesidad del tacto para interactuar. Lo descarté cuando le traje su costurero y rápidamente enhebró la aguja más delgada, la única que le gusta usar, para empezar su labor. Ni siquiera se preocupa de limpiar o desempañarse los lentes. 

Ella crea en el celaje. 

El otro día vino... ya sabes quién. Me dijo que tenía que decirte algo, pero se me olvidó qué, pero bueno, tú me entiendes. No, no te entiendo, mamá; ¿quién vino? Ya te conté. No, no me has dicho nada. ¡Qué difícil es hablar contigo!, me regaña, mejor cambiemos de tema: ¿en dónde está metida ahora tu hermana, que no ha venido? 

Sí, mejor cambiar de tema.

Le pido que intente recordar cómo fue mi nacimiento. ¿Para qué quieres saber eso?, evita la conversación. Desconozco hasta qué punto ella reconoce su olvido. Me lo pidió la psicóloga, miento.

La colada fría forma una nata asquerosa en la superficie. Mi madre la pellizca y es lo único que se lleva a la boca. 

De no tener su parte de la historia, yo misma seré apenas un conjunto de retazos sin unir. ¿Para qué más sirve la memoria si no es para sobrevivir a este presente tan solitario y vacío? Necesito recrear el pasado para estar completa y desde ahí crear. Necesito, sobre todo, encontrar a mi hermana. Volver a verle las manos, lisas como las plumas de una torcaza, los nudillos en movimiento de puntada. Volver a tocar sus dechados y sentir el aguijón de su mirada.

Regresamos a la habitación después de discutir por qué, supuestamente, le mandé quitar las escaleras a su casa. Se recuesta en la cama y asegura estar muy cansada, que otro día me cuenta cómo nací. Sé bien qué hacer: busco aguja e hilo en sus cajones. Son su ancla en este mundo, aquí donde aún compartimos el pasado.

Se los pongo en las manos. Con voluntad propia, estas miden y cortan el hilo, tensan la tela y empiezan su relato.

 

 

UNA CASA AL CUERPO

 

Antes de esta vida en la residencia, le pedí a mi madre que me enseñara a bordar para que no tuviera que depender de mí. Me había ido hacía meses de la casa y ella aún no se reponía del vacío de dos hijas.

 Aquella casa había dejado de ser mía hacía tiempo. Desconocía mi cama. Me sentaba a la mesa y me sentía de visita. No cabía en las habitaciones y tenía que salir a respirar al patio para no ahogarme. Era como la ropa que heredaba de mi hermana: la usaba hasta que a mí también me quedaba pequeña.

 No había quién más cuidara de mi madre. Ella tenía que aprender a coserse una nueva casa al cuerpo, una que no se sintiera vacía de nada porque estaría llena de ella misma.

 Se me ocurrió invitarla los viernes a mi apartamento. Le pedí que trajera agujas, hilos y tela para que me enseñara a bordar. Quería crear una nueva relación, una más horizontal y alegre. Me resistía a que dependiéramos la una de la otra. Ella de mí para tener un propósito; yo de ella para sentirme valiosa. No quería volverme una experta en bordado como ella o mi hermana, solo pasar un buen rato.

 Nos las arreglamos con lo que podía traer en su bolso. Empezamos por hacer muñecas. Ese día llegó maquillada y con una sonrisa que hacía rato no le veía. Se puso las gafas y me enseñó la primera puntada repitiendo como un mantra las acciones de las manos. Salgo, sostengo, entro y vuelvo a salir por la mitad. Salgo, sostengo, entro. No se da puntada sin voz. ¿Me oyes bien? Mejor usa una sola hebra y no te salgas de la línea que dibujaste.

 Así aprendí el punto tallo para bordar rostros, contornos de cuerpos, flores. El mundo entero.

Cosimos y bordamos matrioskas de tela durante meses. Siempre se podía hacer una más pequeña que entrara en el bolsillo de la más grande; esto nos servía de excusa para dejar trabajo pendiente. Nos parecíamos a esas muñecas rusas: mi abuela conteniendo a mi madre, mi madre abrazándonos a mi hermana y mí y así sucesivamente: las hijas que serían y las que no.

En las tardes de costurero, nuestras conversaciones dejaron de ser sobre la ausencia de mi hermana y de mi abuela. Se convirtieron en animadas tertulias sobre su infancia en la ciudad cuando no era ciudad o sobre mis planes para el futuro. A veces ni siquiera teníamos que hablar para sentirnos contentas. Las muñecas sonreían; los ojos se les encendían con tonos marinos. Con el hilo habitábamos cómodamente nuestro silencio y nos sentíamos una al lado de la otra, aunque no viviéramos en la misma casa. Aunque nuestra piel tuviera que mudar muchas veces más. 

Ella siguió haciendo muñecas por su cuenta para ponerles la ropa que había sido de mi hermana y mía. Van a pensar que estás loca tratando a esas muñecas como si fueran niñas de verdad, le dije con crudeza. Si algún día tienes hijos, me vas a entender, me respondió, una se vuelve adicta al cuidado.
El nido vacío nunca la dejó.

 

 

LOS HILOS PERDIDOS

 

Los días en que no visito a mi madre, me quedo en casa bordando. Las noches son para el trabajo, los números, las cuentas, jamás para el hilo.

 Estoy atascada en el retrato de nuestras manos. Se basa en una fotografía que tomé de las tres un poco antes de que mi hermana se fuera. Tres manos juntas, como tres mosqueteras cantando victoria cuando en realidad estábamos ante la inminencia de la desaparición: la del cuerpo y la memoria. Al ver la foto, mi hermana criticó nuestras uñas y nos propusimos hacernos un manicure esa misma tarde. 

Siento el peso de esas manos en el lienzo. Años después, mis uñas siguen sin arreglo. No sé qué color elegir ni con qué puntada darle realismo. Trabajo en los bordes de la imagen para no perder la cadencia. Los hilos se me enredan en la ropa, en el cuerpo, en el pelo. Me sacudo y algunas hebras caen como hojas secas. Hebras y pelo se van desprendiendo por donde paso. Aparecen como duendes debajo de la almohada, sobre la mesa, en la bañera o entre los libros. Me consuelan y acompañan. 

Los hilos perdidos siguen siendo parte de mí. Soy la que se va deshilachando por la casa, sin nada que la contenga. Rescato mis fi bras y las pongo dentro de un frasco de vidrio al que llamo jardín de hilos como símbolo de que esos instantes –las manos, la foto, el sutil movimiento del bordado– existieron aunque algún día los olvide.

Guardo cada hilacha desde niña. Mi madre me advirtió de una santa que recogía las hebras que uno desperdiciaba y las guardaba hasta la hora del Juicio Final; entonces las sacaría para avivar las llamas del Purgatorio. 

Ese lugar a donde van los hilos perdidos debe ser el mismo a donde fue mi hermana. Arde en un fuego de colores del que saldrá ligera, eterna. 

La aguja se me rompe bajo esta sospecha. Imposible tirarla a la basura; tiene un cuerpo, una cabeza, un ojo... Es casi una persona. Las agujas viejas conservan su dignidad y por eso, cuando cumplen con su tiempo, las dejo ancladas en la obra. 

Un viento cálido se apura por mi terraza. Tomo el jardín de hilos y cuelgo algunas hebras en las ramas de la cayena para que un pájaro se las lleve y anide. Anidar, decía mi abuela, es lo que hacen las mujeres grávidas que sienten una necesidad imperante de quedarse en casa y prepararse para dar a luz organizando, bordando, tejiendo. 

Soy también una pájara que busca los hilos perdidos de mi abuela, mi madre y mi hermana –las Moiras–, antes de que llegue la santa malvada y las tres pierdan el Juicio. Bordo con la ilusión de que no desaparezcan. Bordo porque amo. 

Los hilos perdidos son guía. No hay otra forma de salir del laberinto del Minotauro. La diosa Ariadna, enamorada de Teseo, traicionó a su patria y le dio el ovillo que acababa de hilar para que, una vez vencido el Minotauro, el guerrero pudiera desandar sus pasos y volver como ningún otro hombre había hecho. Si algún día me pierdo, usaré el ovillo para encontrarme con ellas.

Termino de bordar las manos con paso atrás, la puntada más humilde. Vuelvo sobre el pasado, aunque no encuentre todos sus hilos, para entender de qué se trata este lienzo que tengo por delante.

ACERCA DEL AUTOR


Juliana Muñoz Toro

Columnista de El Espectador y profesora de la maestría en creación literaria de la Universidad Central. Autora de 24 señales para descubrir a un alien y Los últimos días del hambre, novela de donde extraemos estos fragmentos.